domingo, 1 de marzo de 2026

Enunciado y enunciación.

 


El lenguaje va por donde quiere y yo que creo ser su gobernante soy su gobernado.

Lo que escribo es un viento que pasa debajo de los umbrales de esa puerta invisible de mi mente. La  danza de mis neuronas me dicta palabras inventadas.

Los versos abandonan el plano de la hoja y se transforman en vivientes esculturas de tridimensionales proporciones, más grandes que yo proyectan sus sombras y dicen otras cosas y más.

Entre los renglones hay frases invisibles.

Sólo la neblina de mis duermevelas parecen más creíbles que los huecos de mis memorias.

Tal vez los gestos digan más cosas, tal vez el teatro de mis manos y su escenario sea el sabio de mis letras, quizás mi caligrafía, la marca irrepetible la voz propia.

Por eso siempre escribo, porque escribir es develar lo que hay debajo de mis  ropas, en el vasto territorio de la piel.

He perdido el pudor a los desnudos. Yo encuentro en las letras mis cosas importantes, escribo a mis anchas fuera de otras escrituras o a la par de ellas, deambulo, juego, me libero, me olvido, me reinvento.

Vuelvo a esa intrépida aventura sin saber el comienzo y el final del cuento.

El cuerpo de la palabra tiene voces silenciosas, camino por los márgenes blancos, fuera de los renglones, también en los incómodos lugares.

Describo, reescribo o acaso me leo. Del claro enunciado me sumerjo en las profundidades de la  enunciación.

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