El lenguaje
va por donde quiere y yo que creo ser su gobernante soy su gobernado.
Lo que
escribo es un viento que pasa debajo de los umbrales de esa puerta invisible de
mi mente. La danza de mis neuronas me dicta
palabras inventadas.
Los versos
abandonan el plano de la hoja y se transforman en vivientes esculturas de
tridimensionales proporciones, más grandes que yo proyectan sus sombras y dicen
otras cosas y más.
Entre los
renglones hay frases invisibles.
Sólo la
neblina de mis duermevelas parecen más creíbles que los huecos de mis memorias.
Tal vez los
gestos digan más cosas, tal vez el teatro de mis manos y su escenario sea el
sabio de mis letras, quizás mi caligrafía, la marca irrepetible la voz propia.
Por eso
siempre escribo, porque escribir es develar lo que hay debajo de mis ropas, en el vasto territorio de la piel.
He perdido
el pudor a los desnudos. Yo encuentro en las letras mis cosas importantes,
escribo a mis anchas fuera de otras escrituras o a la par de ellas, deambulo,
juego, me libero, me olvido, me reinvento.
Vuelvo a esa
intrépida aventura sin saber el comienzo y el final del cuento.
El cuerpo de
la palabra tiene voces silenciosas, camino por los márgenes blancos, fuera de
los renglones, también en los incómodos lugares.
Describo,
reescribo o acaso me leo. Del claro enunciado me sumerjo en las profundidades
de la enunciación.
