Las
historias de nuestros diarios son una versión del mismo yo, es realidad y es
ficción al mismo tiempo, el modelo y el retrato siempre son distintos, a veces
una foto nos sorprende alegres y en realidad estamos tristes y en otras
ocasiones ocurre lo contrario.
El ego hiperactivo
suele endurecer su identidad, tal vez en hierro o en piedra hace su escultura,
creo que a veces una narrativa más
flexible puede advertir algunas inconsistencias a sabiendas que el
propio contenido puede ser manipulado por nuestro discurso. Para ello es necesario el silencio,
ciertos momentos de soledad, un alejamiento parcial del torbellino mundano, un
tiempo apartado de relajación, contemplación y propiocepción de nuestro cuerpo
y nuestra mente.
Es
conveniente después de las acciones tomar una distancia, alejarse de la tierra
y mirar desde la altura, no con orgullo sino con la humildad del eterno
aprendiz, con la sabiduría del cuerpo vivido, mirar desde la altura el camino.
Al igual que
la narración de nuestra historia hacemos
algo parecido con la historia de los otros, conjeturamos sin tener apropiada
información, tal vez podamos hacer algunas hipótesis, pero en realidad es tan
difícil conocer a los otros en su totalidad como conocernos nosotros mismos.
Vemos a los otros con nuestra mente y ella está atravesada por experiencias y
subjetividades entre otras cuestiones.
Tal vez si
nos centramos en nuestro eje, en el sentido de nuestra vida, en nuestros
proyectos, en el aquí y el ahora, encontremos una mayor simplicidad, compasión, empatía, respeto y amorosidad entre uno mismo y los demás.